Un mundo tirado en la basura

Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar.

(Jorge Luis Borges, La Casa de Asterión)

A veces tengo suerte. Hace unos meses, mi mejor amiga me llamo por teléfono desde la calle y me dijo que estaba al lado de un basurero con cientos de diapositivas tiradas. Le dije que se quedara ahí. Recogimos todas las que encontramos. Y nos reímos.

Esa noche, cuando llegué a mi casa, estuve hasta la madrugada mirándolas. Es en vano desentramar las historias o siquiera esbozar una interpretación segura. Pero puedo imaginar algo de sus vidas, ordenar las imágenes y desordenarlas. Y perderme.

Georges Didi-Huberman en “Ante el tiempo. Historia del arte y anacronismo de las imágenes” piensa con Walter Benjamin que los “coleccionistas de trapos” son como un niño que no le importa cuál desecho puede servirle para formar una nueva colección. Y lo cita:

“Los niños tienden de modo muy particular a frecuentar cualquier sitio donde se trabaje a ojos vistas sobre las cosas. Se sienten irresistiblemente atraídos por los desechos provenientes de la construcción, jardinería, labores domésticas y de costura o carpintería. En los productos residuales reconocen el rostro que el mundo de los objetos les muestra, precisamente, y sólo, a ellos. Los utilizan no tanto para reproducir las obras de los adultos, como para relacionar entre sí, de manera nueva y caprichosa, materiales de muy diverso tipo, gracias a estos juegos elaborados con ellos. Los mismos niños se construyen así su propio mundo de cosas, un mundo pequeño dentro del grande”.

Entonces me acordé de mi mejor amiga y yo, con apenas diez años, jugando en el baldío de al lado de su casa. Construíamos una casita con los ladrillos de una obra derrumbada. Lo que hicimos esa noche con las diapositivas fue repetir ese ritual, el de inventar un pequeño mundo con los desechos de otro.

No sé si tengo derecho a mostrar estas diapositivas. Abrí el juego (y el tiempo) para que cada uno pueda imaginar su pequeño mundo, que seguramente poco o nada tiene que ver con los recuerdos de las personas que aparecen en las fotografías.

Porque el juego que estamos jugando no es el de realidad.

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