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El domingo tenía un olor especial. A veces café, a veces huevos revueltos con tomate. Desde temprano sonaba la música y cundían los juegos. Después venía la misa dominical, un ritual que mis padres cumplían aunque estuviéramos en desacuerdo. No nos gustaba esa eterna jornada frente a un señor al que no se le entendía nada, tampoco tener que usar esa ropa que no podíamos manchar, y mucho menos esas señoras que se acercaban para agarrar tu cachete y decir algo “tierno”. Pero después venía lo bueno: el almuerzo en “El edén” y la visita a un rancho que tenía muchos animales y leche de vaca recién ordeñada. Hasta este momento éramos cuatro, pero pronto llegaron dos hermanas más. Entonces estuvo completa la banda…y el paseo también.

(Carmen Manresa
Paseo dominical
Antofagasta, Chile
1977)

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